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El té y la hermosa soledad

2016-04-21 12.29.40

Antes de empezar debo aclarar que tomo la segunda parte del título prestada del libro de Jimmy Liao, Hermosa Soledad, editado por Barbara Fiore, que recoge en poemas la experiencia vital del autor durante un periodo de reclusión personal debido a una enfermedad. Una obra que recomiendo tanto por las ilustraciones como por los poemas, y de la que no pienso contaros más, de verdad, lo tenéis que leer.

En las diferentes entradas al blog siempre he resaltado la función del té como herramienta social, el té se ofrece, se regala, al té se invita, en definitiva; el té se comparte. Pero no sólo eso, el té se puede tomar en soledad, a solas con uno mismo y entablando una  conversación interior que nos puede brindar la ocasión perfecta para conectar, o reconectar, con nuestro yo interno, tan a menudo olvidado, y conocernos a nosotros mismos, con lo bueno y malo que conlleva el asunto, claro.

Dentro del budismo se considera que el té ayuda a cultivar el cuerpo y la mente, tanto por los los beneficios físicos que aporta como por ser una bebida que facilita la iluminación y el autoconocimiento, aumenta nuestra concentración, aleja la apatía, la somnolencia y elimina el cansancio acumulado a lo largo del día.

Esta relación entre meditación y té va más allá, toda la historia del té ha estado siempre ligada a cierto aura de misticismo y leyenda unida tanto al budismo como a la filosofía zen.

A la mayoría de nosotros, seamos sinceros, hasta nos cuesta estar a solas, no ya sólo tenemos la tele o la radio para hacernos compañía, hoy las redes sociales hacen que el intentar pasar un rato en soledad esté considerado casi deporte de riesgo, o de raritos por lo menos. La soledad se ve como algo insano, has de compartir con medio mundo, y a través de varias redes, tu estado de ánimo, tus pensamientos, no digamos ya tus vacaciones, o simplemente el café de la mañana, pero hay algo dentro que poco a poco, y entre foto y foto se va haciendo más pequeño, y puede incluso llegar a desaparecer.

Quizá un té, preparado con calma, y tomado con más calma aún, sin fotos, sin móvil, y sin avisar a nadie de lo que estás haciendo, sea un buen momento para no hacer nada, para disfrutar de lo que haces, de lo que hueles y de lo que saboreas, para mirar por la ventana o a la pared y dejarse ir, pensar, y hablar con uno mismo, en silencio o en alto, pero hablar. Puede que esa sea la magia que los monjes budistas vieron en el té; una invitación a conectar con nosotros mismos.

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